viernes, 27 de marzo de 2009

Lo Oportuno (para vos, que me encantaste)

Existió una vez una mujer, una doncella, la cual no cesaba de llorar, se desconocía el motivo de dicho llanto. Su padre preocupado, llamo a consejo real, en donde lo persuadieron para que convocara a concurso a los más astutos caballeros nobles, para que con una acción, interrumpieran las lágrimas de su hija a cambio de una fortuna inmensurable. La noticia no se hizo esperar, jinetes de todos lados llegaron y uno a uno fueron presentándose delante de aquella dama angustiada. Utilizaron miles de artilugios, le ofrecieron los mejores lienzos para que secara sus lágrimas, intentaron hacerla reír, la asustaron, los hombres mas básicos la amenazaron de muerte si no deponía la actitud, le ofrecieron casamiento, riquezas, le insinuaron revelarle secretos si terminaba con su sollozo. Todo fue en vano, cientos de hidalgos fracasaron. El rey se encontraba desesperado, así que opto, contra sus convicciones, llamar a los alquimistas, nada le parecía mas bajo, pero la felicidad de la princesa podía romper todo escepticismo.
Los brujos de la época, le dieron de tomar los elixires de la alegría, la sometieron a rituales exóticos, le practicaron la imposición de manos, y hasta consiguieron hipnotizarla, aunque dormida no dejaba de llorar.
Fracaso tras fracaso, la esperanza se derrumbaba, como suele ocurrir, del mismo modo que siempre llega una resolución a cada dilema, la respuesta de cada encrucijada, el resultado de toda ecuación.
En el momento menos esperado, o el mas esperado, llego un hombre a palacio, de aspecto misterioso y también de imagen muy pobre.
Inmutable y en silencio se presento delante del consejo real, con una actitud humilde, pero segura. Pidió permiso para entrevistarse con la princesa, le preguntaron con que fin. El irguió la cabeza, y con mirada soberbia respondió: " Con el único fin que se puede tener con una dama de tal magnitud, hacerla feliz".
El consejo sorprendido, dejo de lado sus prejuicios y lo llevo frente a la dama encantada. Intrigados todos no dejaron de observarlo.
Aquel hombre, casi mendigo, se posicionó frente a la doncella, la miro a directamente a los ojos, aquellos ojos aguados de tanto llanto, y en solo un movimiento, la abrazó. Inmediatamente la princesa ceso sus lágrimas.
Aquel acto motivo el aplauso de todos y la alegría del rey.
El indigente, se retiro con paso lento y en silencio. Todos le preguntaron como se le había ocurrido semejante proeza.
El respondió en voz baja, que no se le había ocurrido, si no que su corazón se lo había dictado. Que un ser cuando esta angustiado, no necesita grandes riquezas, solo necesita afecto, porque es este ultimo, lo que buscamos todos, aunque lloremos por dentro y no lo demostremos.