Cuando tenía la edad de 5 años, mi madre me dejaba en la casa de mi madrina Cristina, ya que ella tenía que trabajar y se le facilitaba la tarea si yo me quedaba con alguien que me cuidara. Y yo como niño obediente iba con ganas a lo de mi madrina. Pase muchos fines de semanas en lo de Cristina. El viernes la pasaba bárbaro, jugaba con su hija, la cual me ya me gustaba a esa temprana edad.
El sábado, ya no era tan interesante estar en esa casa, y al llegar las 18 hs aproximadamente, yo comenzaba a extrañar a mi madre y lo peor era que sabia que no vendría a buscarme. Reflotaban en mí, esas esperas diarias a la salida del jardín, en las que tampoco acudía. Siempre era el ultimo en ser retirado, hasta que aparecía un vecino que me pasaba a buscar para desilusión mía. Así que estando en la casa de mi madrina, llegada la tarde, y sabiendo de ante mano el resultado, igual me subía al pilar de la entrada a esperar a mi mamá. Pasaba horas ahí hasta que anochecía e indefectiblemente tenía que ingresar a esa casa para cenar. Luego de la cena, mi madrina nos leía un cuento a Lorena, su hija, y a mi. A mi el cuento no me importaba en lo mas mínimo, siempre tenían un final feliz, y yo, precozmente sabia que las historias no siempre terminaban bien, que la realidad, de un niño como yo, discrepaba con la de caperucita.
El domingo comenzaba alrededor de las diez de la mañana y yo, me tomaba mi espera, como una cruzada. Por nada del mundo me bajaría de esa columna, hasta que llegara mi madre. Entonces, como un asceta encabronado, levantaba banderas de mi espera. Lamentable y afortunadamente, debía dejar mi labor para almorzar, pero cinco minutos posteriores a ver terminado el postre, volvía a mi destino, esperar. Miraba hacia ambas direcciones de la calle continuamente, para que ninguna presencia que anduviese deambulando, pasara sin ser detectada por mi radar visual. Al caer una vez mas la tarde, sabia que mi perseverancia tendría obligatoriamente una recompensa, y así era. Ya casi anocheciendo, se asomaba en el horizonte una figura inconfundible, con el paso sereno que llevan los humildes victoriosos, llegaba mi madre. Al verla a lo lejos, mi alma, sin ser conciente de poseer una, se regocijaba de alegría. Solo mi corazón podía soportar tanta emoción, gracias a dios tenia cinco años. Me lanzaba al suelo en caída libre y corría a abrazarla. Una vez en sus brazos comprendía que el universo tenía un propósito, que la vida no era injusta, si no sabia.
Con el tiempo seguí esperando diversas cosas y a distintas personas. Espere el transporte publico, espere un llamado, espere a un amigo, espere a un amor, espere resultados de análisis clínicos, espere ese amor, espere ser feliz, espere no ser tan hijo de puta, espere ser exitoso, espere llorar, espere ser sano, espere un hijo, espere un abrazo, espere morirme y espere un milagro. Así tantas y tantas esperas.
Y al igual que aquella espera que me torturaba de niño, pero de la cual siempre salía victorioso, hoy sigo esperando, sigo esperando tantas, tantas cosas. Que mas puedo hacer que esperar, y poner mi voluntad de acción de espera, para que mi espera sea prospera.
La espera es la esperanza, es la fuerza, es la vida en si misma. Los optimistas esperan como también los enfermos terminales. Claro que espero, porque no habría de hacerlo, si no espero, nada tiene sentido, ya que cada término de una espera, sin importar el resultado, revive en mí, aquella sensación y convicción de que el universo tiene un propósito, un fin.
Dejare de esperar quizás cuando muera, y espero que falte mucho para dicho acontecimiento, por lo pronto, espero, espero que les guste este cuento.
El sábado, ya no era tan interesante estar en esa casa, y al llegar las 18 hs aproximadamente, yo comenzaba a extrañar a mi madre y lo peor era que sabia que no vendría a buscarme. Reflotaban en mí, esas esperas diarias a la salida del jardín, en las que tampoco acudía. Siempre era el ultimo en ser retirado, hasta que aparecía un vecino que me pasaba a buscar para desilusión mía. Así que estando en la casa de mi madrina, llegada la tarde, y sabiendo de ante mano el resultado, igual me subía al pilar de la entrada a esperar a mi mamá. Pasaba horas ahí hasta que anochecía e indefectiblemente tenía que ingresar a esa casa para cenar. Luego de la cena, mi madrina nos leía un cuento a Lorena, su hija, y a mi. A mi el cuento no me importaba en lo mas mínimo, siempre tenían un final feliz, y yo, precozmente sabia que las historias no siempre terminaban bien, que la realidad, de un niño como yo, discrepaba con la de caperucita.
El domingo comenzaba alrededor de las diez de la mañana y yo, me tomaba mi espera, como una cruzada. Por nada del mundo me bajaría de esa columna, hasta que llegara mi madre. Entonces, como un asceta encabronado, levantaba banderas de mi espera. Lamentable y afortunadamente, debía dejar mi labor para almorzar, pero cinco minutos posteriores a ver terminado el postre, volvía a mi destino, esperar. Miraba hacia ambas direcciones de la calle continuamente, para que ninguna presencia que anduviese deambulando, pasara sin ser detectada por mi radar visual. Al caer una vez mas la tarde, sabia que mi perseverancia tendría obligatoriamente una recompensa, y así era. Ya casi anocheciendo, se asomaba en el horizonte una figura inconfundible, con el paso sereno que llevan los humildes victoriosos, llegaba mi madre. Al verla a lo lejos, mi alma, sin ser conciente de poseer una, se regocijaba de alegría. Solo mi corazón podía soportar tanta emoción, gracias a dios tenia cinco años. Me lanzaba al suelo en caída libre y corría a abrazarla. Una vez en sus brazos comprendía que el universo tenía un propósito, que la vida no era injusta, si no sabia.
Con el tiempo seguí esperando diversas cosas y a distintas personas. Espere el transporte publico, espere un llamado, espere a un amigo, espere a un amor, espere resultados de análisis clínicos, espere ese amor, espere ser feliz, espere no ser tan hijo de puta, espere ser exitoso, espere llorar, espere ser sano, espere un hijo, espere un abrazo, espere morirme y espere un milagro. Así tantas y tantas esperas.
Y al igual que aquella espera que me torturaba de niño, pero de la cual siempre salía victorioso, hoy sigo esperando, sigo esperando tantas, tantas cosas. Que mas puedo hacer que esperar, y poner mi voluntad de acción de espera, para que mi espera sea prospera.
La espera es la esperanza, es la fuerza, es la vida en si misma. Los optimistas esperan como también los enfermos terminales. Claro que espero, porque no habría de hacerlo, si no espero, nada tiene sentido, ya que cada término de una espera, sin importar el resultado, revive en mí, aquella sensación y convicción de que el universo tiene un propósito, un fin.
Dejare de esperar quizás cuando muera, y espero que falte mucho para dicho acontecimiento, por lo pronto, espero, espero que les guste este cuento.
2 comentarios:
hola ,en el fondo uno tiene el corazon de un niño y espera lo que desea,me gusto muchisimo tu cuento, porque vivi una situacion parecida.saludos
Hola Dani!
Como siempre me encanta la manera en que transmitís tus pensamientos.
La esperanza trae consigo la victoria...y tus ojos siguen siendo ojos de niño expectante.
Saludos.
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