Esta es la historia de Ignacio, el del Don. El don ya que tenia la facultad de vaticinar, pero de una manera imperfecta. En realidad imperfecta no es la palabra propicia, de manera inversa, seria correcta. Ya que todo lo que anunciaba, no solo que no se cumplía, si no que se promulgaba todo lo contrario. Si anunciaba lluvia, había sequía, si prometía una muerte, se manifestaba un nacimiento. Cuando lo consultaban por un amor y el veredicto era positivo para el que indagaba, la mujer lo ignoraba para siempre automáticamente. Y así.
El lector intrépido intentara resolver este dilema rápidamente, sugiriendo que se tome por valido el resultado contrario al vaticinio. Pero para Ignacio, no era tan sencillo, el creía en su poder, no en los resultados, pero si en su poder. Y así insistía con pronosticar situaciones que se suscitarán.
Pasada las veinte profecías sin cumplirse de manera correcta, ya nadie le creía. No solo no le creían, si no que se burlaban de el. Pasaba por el bar de la esquina y siempre había alguien que le gritaba algo del estilo de: “Nacho, decime que juegue al 69 así gano con el 96” y se le reían en la cara. Ignacio, miraba hacia el piso mordiéndose los labios y seguía caminando. Y se repetía para si mismo: “Ya van a ver cuando la pegue”.
El tiempo siguió su curso, ya que es lo que acostumbra hacer el tiempo. Y por esos tiempos nadie acudía a Ignacio para consultarlo, ni tampoco nadie escuchaba sus anuncios, se había quedado solo, solo pero siempre creyendo en el. Quien sabe si de porfiado, necio, valiente o fanático. La cuestión es, que quedo en el olvido, en el olvido de los demás, pero en compañía de su convicción. Hasta que un día, siempre llega un día (para comodidad del escritor o por demagogia, o quizás tal vez para creer que nada es para siempre, por suerte) en que Ignacio tuvo una revelación, pero no una como otras, era algo distinto, esto era una premonición como nunca antes había tenido. Al ver las imágenes en su interior, su rostro empalideció, su cuerpo tembló y entro en pánico. Lo primero que atino fue a correr hasta el bar de la esquina, entro rompiendo la armonía de aquel lugar, y grito: ¡En dos horas se termina el mundo! El silencio fue mortífero por un instante, hasta que todos, rompieron en una risa burlona e infinita.
Ignacio agacho la cabeza y retrocedió deprimido, luego opto por respetar su convencimiento, y se resguardó en un viejo sótano de la casa de su abuela.
Luego de dos horas, no quedaba nada del mundo que conocía Ignacio. La devastación y la aniquilación humana fueron totales. Y así, Ignacio se maldijo por no haber podido salvar al mundo, y a la vez se felicito así mismo, por creer siempre en él.
Moraleja, si las hay: Siempre hay que creer en uno mismo, aunque los resultados de nuestro convencimiento, sean al principio opuestos. Siempre, hay que seguir creyendo en nosotros, aunque no podamos salvar al mundo y esto nos obligue a quedarnos, completamente solos.
Ahora los dejos, antes de que Ignacio, decrete que esta historia, será un éxito.
El lector intrépido intentara resolver este dilema rápidamente, sugiriendo que se tome por valido el resultado contrario al vaticinio. Pero para Ignacio, no era tan sencillo, el creía en su poder, no en los resultados, pero si en su poder. Y así insistía con pronosticar situaciones que se suscitarán.
Pasada las veinte profecías sin cumplirse de manera correcta, ya nadie le creía. No solo no le creían, si no que se burlaban de el. Pasaba por el bar de la esquina y siempre había alguien que le gritaba algo del estilo de: “Nacho, decime que juegue al 69 así gano con el 96” y se le reían en la cara. Ignacio, miraba hacia el piso mordiéndose los labios y seguía caminando. Y se repetía para si mismo: “Ya van a ver cuando la pegue”.
El tiempo siguió su curso, ya que es lo que acostumbra hacer el tiempo. Y por esos tiempos nadie acudía a Ignacio para consultarlo, ni tampoco nadie escuchaba sus anuncios, se había quedado solo, solo pero siempre creyendo en el. Quien sabe si de porfiado, necio, valiente o fanático. La cuestión es, que quedo en el olvido, en el olvido de los demás, pero en compañía de su convicción. Hasta que un día, siempre llega un día (para comodidad del escritor o por demagogia, o quizás tal vez para creer que nada es para siempre, por suerte) en que Ignacio tuvo una revelación, pero no una como otras, era algo distinto, esto era una premonición como nunca antes había tenido. Al ver las imágenes en su interior, su rostro empalideció, su cuerpo tembló y entro en pánico. Lo primero que atino fue a correr hasta el bar de la esquina, entro rompiendo la armonía de aquel lugar, y grito: ¡En dos horas se termina el mundo! El silencio fue mortífero por un instante, hasta que todos, rompieron en una risa burlona e infinita.
Ignacio agacho la cabeza y retrocedió deprimido, luego opto por respetar su convencimiento, y se resguardó en un viejo sótano de la casa de su abuela.
Luego de dos horas, no quedaba nada del mundo que conocía Ignacio. La devastación y la aniquilación humana fueron totales. Y así, Ignacio se maldijo por no haber podido salvar al mundo, y a la vez se felicito así mismo, por creer siempre en él.
Moraleja, si las hay: Siempre hay que creer en uno mismo, aunque los resultados de nuestro convencimiento, sean al principio opuestos. Siempre, hay que seguir creyendo en nosotros, aunque no podamos salvar al mundo y esto nos obligue a quedarnos, completamente solos.
Ahora los dejos, antes de que Ignacio, decrete que esta historia, será un éxito.
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