Juan tenía un trabajo poco común, era “medidor de tolerancia”, en una empresa privada, la cual se dedicaba a hacer estadísticas. Es sabido que el mundo hoy por hoy, intenta ser mensurable en cualquiera de sus aspectos. Y su trabajo consistía en fastidiar a cualquier peregrino al azar hasta lograr su enojo. Se valía de herramientas ruines y comunes, tales como el agravio, el insulto, el golpe en la nuca inesperado, la difamación étnica o religiosa, etc. Una vez efectuado estos improperios ponía en funcionamiento su cronómetro y cuantificaba la demora de reacción de la víctima de tal injusticia. Luego de seis meses había llegado a la conclusión que el promedio de irritabilidad llegaba a su punto máximo a los tres minutos y fracción. Si algún transeúnte se manifestaba tolerante los primeros dos minutos, Juan arremetía rápidamente con cualquier acusación que rozara la falencia sexual de aquellas personas, obviamente en un tono de voz escandaloso, y eso si que no fallaba, todos terminaban irritándose. Bueno todos es una manera de decir, porque sucedió que un día, Juan se topo con su peor y único enemigo, alguien al cual nada ni nadie lo podía encolerizar. Y así fue, que aquel día lluvioso, Juan intercepto con la mirada a su última víctima de aquel día laboral. Para cambiar su rutina, aprovecho el clima, y empezó salpicando a Antonio, porque así se llamaba aquel ser, saltando sobre los charcos de la vereda alevosamente. Pero Antonio, no se dio por aludido. Juan reitero esta actitud y le agrego una carcajada desmesurada e impune. Y Antonio se mostraba ayuno de reacción. Juan manifestó entusiasmo, y con fuerza le grito insultándolo. Antonio, parecía no estar en el mismo lugar, era inmutable.
Para entonces, el reloj, ya marcaba los dos minutos. Juan eligió volver a su batería infalible, siguió agrediéndolo verbalmente, le grito, lo difamo, y hasta le efectúo una zancadilla, y Antonio, solo se levanto y sin intención de empeorar la situación del medidor de tolerancia, sonrío, sí…… sonrío. Juan lo seguía a milímetros de distancia por aquel trayecto de la cuidad, con un rostro al borde del pánico.
Esto era inaudito, insólito, espontaneo, inusual, y hasta ilógico. En los parámetros de Juan, no estaba la concepción de alguien tolerante mas de la marca común para todos, pero para la desdicha de Juan, el tiempo ya había sobrepasado los seis minutos.
Ideas de desesperación vinieron a la mente del medidor, y no tuvo otra opción que apelar a la violencia. Es sabido que no hay peores decisiones que las que se emiten con desesperación, y menos aun si terminan en violencia. Pero a Juan, no le importo, y lo tomo a golpes de puño a aquel desafortunado transeúnte. Lo golpeo hasta el cansancio, pero Antonio, ni siquiera mostró intención de defenderse. Tanta fue la golpiza efectuada por Juan, que su “contrincante” se incorporo, solo hasta estar arrodillado, mareado y como esperando un golpe de gracia. Levanto la mirada y la cruzo con la de Juan. Este último, no podía comprender aquella situación, estaba desencajado, y en esa fracción de tiempo, preguntas le invadieron su psiquis. Quien seria este pobre tipo? Acaso un fanático religioso predispuesto a demostrar aquella teoría de poner la otra mejilla? un pacifista acérrimo? Alguien con la estima tan baja que nada lo mortificaba? Alguien que no estaba en sus cabales? . Sabia que no obtendría las respuesta, así que decidió ir hasta las ultimas consecuencias, nadie podría hacerlo fracasar en su labor, en algún momento, muy próximo, se tendría que enojar. Y es así, que Juan con su mano izquierda, tomo la cabeza entre sus dedos de aquel Antonio doblegado. Traslado su brazo derecho haciendo un recorrido de impulso, y se dispuso a pegarle, como si lo odiara. Pero el trayecto regresivo de aquel derechazo, no llego a su fin. Aquel hombre casi besando el piso, hizo un movimiento digno de un mago, giro sobre su eje mientras el tiempo parecía corren en forma lenta, extrajo del final de su espalda un arma, y no dudo ni por un segundo, apunto a su agresor y lo MATO, sí, lo mato.
Sin culpa alguna, se incorporo, miro el cadáver de Juan desangrado por aquel proyectil, lo escupió, sonrío una vez más y esbozo:
“La tolerancia, también tiene un limite, pero hay quienes lo entienden demasiado tarde”. Guardo su arma, se limpio su vestimenta y siguió como si nada hubiese sucedido.
Para entonces, el reloj, ya marcaba los dos minutos. Juan eligió volver a su batería infalible, siguió agrediéndolo verbalmente, le grito, lo difamo, y hasta le efectúo una zancadilla, y Antonio, solo se levanto y sin intención de empeorar la situación del medidor de tolerancia, sonrío, sí…… sonrío. Juan lo seguía a milímetros de distancia por aquel trayecto de la cuidad, con un rostro al borde del pánico.
Esto era inaudito, insólito, espontaneo, inusual, y hasta ilógico. En los parámetros de Juan, no estaba la concepción de alguien tolerante mas de la marca común para todos, pero para la desdicha de Juan, el tiempo ya había sobrepasado los seis minutos.
Ideas de desesperación vinieron a la mente del medidor, y no tuvo otra opción que apelar a la violencia. Es sabido que no hay peores decisiones que las que se emiten con desesperación, y menos aun si terminan en violencia. Pero a Juan, no le importo, y lo tomo a golpes de puño a aquel desafortunado transeúnte. Lo golpeo hasta el cansancio, pero Antonio, ni siquiera mostró intención de defenderse. Tanta fue la golpiza efectuada por Juan, que su “contrincante” se incorporo, solo hasta estar arrodillado, mareado y como esperando un golpe de gracia. Levanto la mirada y la cruzo con la de Juan. Este último, no podía comprender aquella situación, estaba desencajado, y en esa fracción de tiempo, preguntas le invadieron su psiquis. Quien seria este pobre tipo? Acaso un fanático religioso predispuesto a demostrar aquella teoría de poner la otra mejilla? un pacifista acérrimo? Alguien con la estima tan baja que nada lo mortificaba? Alguien que no estaba en sus cabales? . Sabia que no obtendría las respuesta, así que decidió ir hasta las ultimas consecuencias, nadie podría hacerlo fracasar en su labor, en algún momento, muy próximo, se tendría que enojar. Y es así, que Juan con su mano izquierda, tomo la cabeza entre sus dedos de aquel Antonio doblegado. Traslado su brazo derecho haciendo un recorrido de impulso, y se dispuso a pegarle, como si lo odiara. Pero el trayecto regresivo de aquel derechazo, no llego a su fin. Aquel hombre casi besando el piso, hizo un movimiento digno de un mago, giro sobre su eje mientras el tiempo parecía corren en forma lenta, extrajo del final de su espalda un arma, y no dudo ni por un segundo, apunto a su agresor y lo MATO, sí, lo mato.
Sin culpa alguna, se incorporo, miro el cadáver de Juan desangrado por aquel proyectil, lo escupió, sonrío una vez más y esbozo:
“La tolerancia, también tiene un limite, pero hay quienes lo entienden demasiado tarde”. Guardo su arma, se limpio su vestimenta y siguió como si nada hubiese sucedido.
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